sábado, 20 de febrero de 2010

Maneras de ver la vida


Una joven paseaba por un parque de vuelta a casa, cruzando por mitad del parque dos personajes la observaban uno desde cada lado, sentados en un banco. A un lado, un anciano la miraba, añorando su juventud; desde el otro, un joven, porro y litrona en mano la seguía con la mirada mientras pensaba, que buena está...
La chica se perdió a lo lejos y los dos hombres se miraron y cruzaron una tímida y cómplice sonrisa como si los dos compartieran un mismo pensamiento, y en el fondo era cierto, en parte, ya que los dos tuvieron calientes pensamientos con la joven, por un momento los dos la vieron desnuda y se imaginaron con ella. Pero pronto otro pensamiento les invadió la cabeza y les devolvió a su dura y triste realidad.
El anciano, por un lado miró al joven tan pronto como ella se perdió y pensó con envidia:
Si yo tuviera su edad no la habría dejado escapar... Bueno, que coño, si yo pudiera volver a tener su edad podría tener a miles de chicas como esa, incluso mejores, al menos seguro que no volvería a estar solo, como ahora, no malgastaría mi vida quemándome en un trabajo de mierda, dejando de lado incluso a mi familia para llegar solo al fin de mi vida con una pensión de mierda que seguramente peligre con semejante panda de vagos teniendo que mantener el sistema...
Puto "jipi" drogadicto... Si yo pillara tus años...

Por otro lado, el joven apuraba su "cigarrito de la risa" y su litrona mientras pensaba:
Joder, que jacorra, pero claro, ¿Cómo se iba a fijar en mi una tía como esa? Sólo soy un puto "acabao" sin futuro ninguno, sin trabajo, sin casa, que depende de sus padres y que no vé visos de salir de ahí. Mira el puto viejo ese de enfrente, seguro que no ha tenido los mismos problemas que yo, seguro que no tiene que colocarse todos los días para no pensar en cortarse las venas día sí día también...
Después de venir al parque a ver el culo a las chavalitas y alegrarse la vista, seguro que se vá a casa y su mujer le está esperando con los brazos abiertos y el plato en la mesa. Ya quisiera yo llegar a su edad con ese plan de vida y esa salud...

Mientras, la chica llega a su casa, se planta frente al espejo y tras una leve sonrisa, rompe a llorar con todas sus fuerzas mientras piensa:
Nunca me veré guapa, he visto como me miraban y como sonreían, seguro que pensaban que estoy gordísima...


domingo, 24 de enero de 2010

Monstruos


Una tarde cualquiera en un parque cualquiera, me siento solo, en un lugar apartado y me dedico a observar a la gente pasar, sin pensar en nada especial, solo observando. A veces me imagino qué serán en su vida profesional y cómo serán en su vida diaria. Veo al hombre calvo que viste un elegante traje con una cara corbata y un maletín de cuero y me imagino a un amable comercial, o quizás a un director de entidad bancaria con un exquisito trato al público; amable y educado con sus clientes y compañeros. ¿Pero será igual cuando vuelva a casa o pagará su frustración por no poder contener sus malos pensamientos en el trabajo pegando a su mujer? Puede que tanta simpatía y tanta sonrisa forzada vayan acumulando horas y horas de odio escondido tras su amble sonrisa y todo eso salga en una tonta discursión familiar sobre lo poco hecho que está su filete un domingo por la tarde. O que pague su frustración engañando a su mujer con una puta barata a la que azota (o por la que se deja azotar) por 100€ por sesión.
No lo se... Tampoco me importa, pero se que le mataría.
Así paso mis tardes de domingo, imaginando una posible víctima a la que matar, alguien que merezca morir, aunque se, en el fondo, que nunca sucederá; que soy incapaz de ponerle la mano encima a alguien. Al menos de momento... Pero sueño con ello, sueño despierto, es mi mayor fantasía.
Sí, ya sé, pensáis que estoy loco, ¿Verdad? ¿Os habéis parado a pensar alguna vez en vuestras fantasías? ¿En las más profundas?
No lo creo.
A veces, en mis maquiavélicos planes no solo aparecen seres ruines y miserables que merecen un escarmiento, no soy ningún superhéroe frustrado tratando de imponer la justicia en el mundo, todo lo contrario, mi deseo es matar, ser el villano de la película, ser el monstruo que azota, el castigador. Me da igual si la víctima se lo merece o no, si sufrirá o no, si morirá o no... Quiero perder los escrúpulos, quiero saber que puedo ser cruel. Tan cruel como un asesino a sueldo, como un mafioso de la peor calaña; cruel como un banquero, sin escrúpulos como un usurero, quiero ser capaz de echarte de tu casa y mearme en tu sofá. Quiero quitarte a tus hijos y decidir que no eres lo suficientemente bueno para cuidarlos. Quiero robarte el coche por placer, quiero encerrarte para siempre y tirar la llave al río. Quiero ser quien decida si puedes o no adoptar, si mereces o no ese ascenso que te puede cambiar la vida. Quiero anular tu seguro médico, recetarte paracetamol si necesitas insulina, quiero apagar tu pulmón artificial. Déjame juzgar si tu mujer merece o no quedarse con tu casa y la custodia de tus hijos. Dame la clave de tu tarjeta de crédito para que decida cuánto dinero mereces. Véndeme tu alma a cambio de una hipoteca. Véndeme tu sangre a cambio de un bocadillo. Deja que dirija tu futuro, que hunda mi cuchillo en tu pecho, mi bisturí en tu vientre. Deja que cuide de todo lo que más quieres, que pasee a tu perro, que cuide de tus hijos. Déjame entrar en tus sueños.
Déjame ser normal...

sábado, 26 de diciembre de 2009

Oleaje


Asco, rabia e ilusión
se entremezclan con el viento,
historias de oscura pasión
en un mar de amor desierto.
Mar revuelto por las olas
que me arrastran sin razón
a pasar más y más horas
buscando tu corazón.
Mar rudo y bravo,
mar lleno de tormentas,
mar que me ha acorralado,
marea que al mar me adentra.
Mar puro,
mar frío y salvaje,
mar de fondo oscuro,
mar de fuerte oleaje.
Mar de oscuros abismos,
mar de fuertes corrientes,
mar que curte a sus hijos
haciéndoles aún más fuertes.
Hoy abandono tus aguas
gritando en contra del viento
que siempre te diré gracias
por dejarme seguir viviendo.
Hoy vuelvo tierra firme
sin olvidar lo que he sido,
sin olvidar que me diste,
estándote agradecido.
Cambio cantos de sirenas
y tu desierto oleaje
por tierras quietas y calmas
donde iniciar otro viaje.
Será un viaje agotador
con una sola salida,
regresar a su calor
y curar al fin mi herida.











miércoles, 16 de diciembre de 2009

Contra el río


Sus padres trabajaban en una pequeña granja en las afueras, junto al río. Allí nació a él, junto al río; ese río marcaría su vida para siempre. Solía ir allí con su padre a pescar desde muy pequeño, a la zona más próxima a la casa, donde el río no tenía mucha profundidad pero si que bajaba con mucha fuerza, por lo que siempre tuvo prohibido acercarse al río en solitario, aún así, lo hizo. Aquella aventura estuvo a punto de costarle la vida cuando apenas tenía 4 años; sus padres trabajaban en la granja cuando él se aventuró en el río, intentando nadar a contracorriente, como las truchas que pescaba junto a su padre, aquellas que le maravillaban con su fuerza al nadar río arriba desafiando su fuerza, solo que él no lo consiguió, la fuerza del río le arrastró y, por suerte, tras chocar con una piedra, le arrastró inconsciente hacia la orilla. Lo peor no fue el susto, ni el golpe, ni siquiera los dos días de hospital. Lo peor fue la bronca (cinturón en mano) que le echó su padre al volver a casa. Nunca lo entendió, si precisamente su padre era quién le había descubierto el reto. Aún así, no se rindió, en su cabeza quedó marcado aquel momento y se propuso luchar contra aquel río hasta derrotarlo. Durante muchos años nadó en aguas más tranquilas para ejercitar su musculatura y mejorar su habilidad en el agua, poco a poco se fue marcando metas mayores y a los 9 años ya nadaba en las mismas aguas que a punto estuvieron de quitarle la vida, eso sí, con una cuerda de seguridad atada a un árbol en la orilla y, por supuesto, siempre a escondidas de sus padres. A los 15 años, tras la muerte de su padre, no pudo esperar más. No sabía muy bien por qué, pero sentía que aquel río le desafiaba, sentía como le llamaba retándole a volver a luchar contra sus aguas. No se lo pensó dos veces, al volver a casa tras el entierro de su padre colgó el traje que su madre le había comprado para aquel día en el armario, se miró al espejo y durante unos minutos mantuvo la mirada perdida, tocó su imagen en el espejo y dijo: Tú puedes. Luego se fue al río. Se tiró al río desnudo, era un día frío, principios de primavera, incluso aún se podían ver picos nevados en algunas montañas a lo lejos, eso hacía que el río bajara helado y más bravo que de costumbre debido al deshielo, pero eso no le importó, sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse con él y aunque sabía que era una lucha injusta, casi imposible, no tenía miedo a plantarle cara, se sentía preparado. Nadó durante horas sin apenas avanzar, apenas podía mantener su posición en el río que le arrastraba con fuerza, afortunadamente, aunque bajaba con más agua que de costumbre, aún hacía pié en aquella zona, lo que le ayudaba a descansar apoyándose de vez en cuando en las piedras del fondo. Aún así, acabó exhausto y finalmente volvió a ser arrastrado por el río, con menos fortuna aún que la vez anterior. Otra vez estuvo a punto de perder la vida, varias fracturas en tobillo y brazo izquierdo le hicieron retorcerse de dolor tras luchar por volver a la orilla tras golpearse con las mismas rocas que le golpearon en su niñez. Esta vez consiguió salir él solo, aunque tuvo que gritar un buen rato, helado de frío, hasta que alguien le oyó y le llevó al hospital, donde pasó dos semanas hasta recuperarse y volver a caminar con dificultad. Su madre no se enfadó con él esta vez, pensó que la rabia le había cegado y le habría hecho hacer aquella locura, por lo que esta vez, al menos la vuelta a casa fue más tranquila. Eso sí, el río seguía corriendo por su cabeza, seguía llendo allí cada día y volvía a repetirse una y otra vez mientras lo miraba: Algún día volveré a por tí...

domingo, 6 de diciembre de 2009

Remendando velas



Cuando más ruge el oleaje, cuando menos fuerza tienes para remar contra la corriente, cuánto más te sopla el viento en contra acabando de destrozar tus velas, justo en ese momento en que te vuelves a plantear el tirar la toalla y dejarte llevar, es cuando la vida te recompensa por todo el esfuerzo que has hecho luchando para agarrarte a ella y te manda un soplo de esperanza. A veces, ese soplo viene en forma de viento a favor, otras veces en forma de abrazo cargado de amor, de beso pasional, de trabajo, de sonrisa, de billete...
Nunca sabemos como, pero de vez en cuando, la vida te manda un guiño cómplice y te recuerda que es bueno luchar, que no hay que rendirse; algo que te recuerda que vida no hay más que una y que no hay que desperdiciar el tiempo.

lunes, 30 de noviembre de 2009

domingo, 29 de noviembre de 2009

Heridas de guerra


Hoy te quiero contar
con todo mi sentimiento
que tengo ganas de cantar,
aunque se que aún no debo,
ya que aún debo librar
mil batallas contra el tiempo.
Algunas he de ganar,
de otras salir huyendo
y muchas otras perder
en un combate sangriento,
pero en todas lucharé
hasta quedar sin aliento,
porque la guerra es muy larga
y el enemigo muy fiero.
Me gustaría llorar,
sin embargo estoy riendo,
por fuera muestro alegría
mientras estallo por dentro,
mi sangre corre deprisa
extendiendo ese veneno
que me hiela el corazón
y esconde mis sentimientos.
Me he batido a muchos monstruos,
dragones llenos de fuego,
hombres llenos de maldad,
mercenarios del acero
me han intentado quitar
todo aquello que aprecio;
mi vida, mi libertad,
mi alma y hasta mi cuerpo,
mis ansias de oler el mar,
mis ganas de ver el cielo.
Algunos, sin rechistar,
me han ofrecido dinero
para poder comprar
cosas que yo no quiero,
pues ni el oro ni las joyas
valen la mitad del viento
que enfría mi duro rostro
mientras mece mi cabello,
ni el poderme despertar
donde, como y cuando quiero,
ni por supuesto llevarme
otra vez hasta tu lecho,
aquí es donde quiero estar,
aquí es donde yo me siento
tan libre para volar
como un pájaro entre el viento,
aquí es donde yo hallo
el descanso del guerrero,
aquí tengo mi hogar,
en el calor de tus pechos,
aquí quiero despertar
de todos mis dulces sueños,
y aquí quiero morir
cuando me llegue el momento,
aquí quiero que reposen
mi alma, mi espada y mi yelmo.
No quiero mirar atrás
he dejado un gran reguero
de sangre por el camino,
caminos lleno de muertos,
siempre he vuelto a caminar
escuchando los lamentos
de todos esos caídos
tras probar mi duro hierro.
Hoy he vuelto a soñar,
aunque dormir no puedo,
que me vuelves a abrazar
mientras me dices
te quiero.



Desde el andén


Un halo de misterio rodeaba toda la casa, una brisa fría la recorría invadiendo hasta el último de sus oscuros rincones haciendo olas en las cerradas cortinas que no dejaban pasar apenas luz al interior. Allí estaba él, sentado en un sillón, solo, en silencio, pensando en ella como cada día.
Hacía mucho tiempo que ella se había ido y el sabía que se había ido para siempre, pero cada tarde pasaba horas y horas sentado en aquel sofá, en aquella habitación oscura deseando que volver a tocar su pelo, a oler su fina piel, en besar sus bellos labios...
Hay trenes que solo pasan una vez en la vida y él sabía que el suyo hacía tiempo que había dejado su estación en un viaje sin retorno, un viaje al que él no se quiso sumar cegado por el miedo, por la carga de una vida que no le enseñó algunas cosas útiles para una vida plena si no solo las imprescindibles para vivir, o mejor dicho, para sobrevivir...
Un sofá como estación, un tren como sueño y un reloj roto como corazón; esa era su triste vida.
Aquel tren había pasado, la estación estaba vacía, triste, pero no muerta. Allí seguía él, esperando que un tren volviera a iluminar aquella estación y que alguien bajara de él con las herramientas que volvieran a poner aquel reloj en marcha.
O mejor aún, un día se levantaría, abriría las cortinas, las ventanas y sacaría la cabeza al exterior, volvería a disfrutar del viento, del olor de la hierba del jardín y de la preciosa vista de la avenida. Aquello abriría las puertas de la estación de nuevo, levantaría las barreras que impedían a la gente entrar a ella y el sonido de un otro tren haría vibrar sus vías.
Esta vez estaría preparado, ésta vez no dejaría pasar el tren.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El dia después




Hoy me siento como si me hubieran arrasado por dentro, algo que se nota por fuera, claro, no hay más que ver con que cara me he levantado esta mañana. Hoy he vuelto a sentir la tristeza más profunda y mil y un fantasmas han recorrido mi cabeza volviéndome a recordar tiempos peores, aquellos tiempos en los que me sentía podrido por dentro, donde este blog era mi alimento diario y a la vez el cubo donde vomitaba mi desilusión y agonía. La única diferencia entre el tiempo pasado y ahora es que, poco a poco, voy descubriendo las armas que me permiten enfrentarme a esos fantasmas que tanto daño pueden hacer, atacando en lo más profundo de nuestro ser, tocando donde más duele, haciéndote sentir un cero a la izquierda. Y no hay más arma que contraatacar con sus mismas armas, levantándose cada mañana blandiendo el arma más poderosa que tenemos y que no es otra que nuestra propia autoestima, el saber que hay quien nos aprecia tal como somos, que cada uno de nosotros es un ser único y maravilloso, con algo especial que le distingue de los demás, con algo que le hace inigualable, insustituible.
Al final, lo que empezó como un día triste (nunca es fácil cuando acabas de perder un buen amigo) que amenazaba con no dejarme levantar de la cama ha cambiado a un día más, a otro día con sus cosas buenas y malas, a un día de limpieza en casa, siguiendo la rutina diaria, a un día de catálogo de juguetes para los sobrinos...
En resumen, hay que mirarse más al espejo y acostumbrarse a lo que hay, porque sea como sea, seguro que es maravilloso.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Un niño en un rincón


La primera vez que le vi, solo en su rincón oscuro, me dio lástima, me pareció tan triste... Me acerqué hacia él y le pregunté si le pasaba algo solo me dijo: "Estoy solo" ¿Estás bien? Le pregunté. Y su respuesta fue: "Si, pero quiero estar solo" Me fui, con mucha pena, dejándolo allí, solo en su rincón oscuro, triste por no poder hacer nada por él, pero estaba claro que no quería que le molestasen. Al día siguiente volví y allí estaba otra vez, acurrucado en su rincón oscuro, solo, con la cabeza entre la piernas, pensativo, con aire triste. Me volví a acercar a él y le pregunté si podía hacer algo por él; su respuesta fue la misma del día anterior: "Estoy solo y así quiero estar" ¿Puedo sentarme a tu lado?, pregunté. "Si no me molestas... No tengo ganas de hablar", me dijo. Me senté a su lado, observándole. Al principio pareció molestarle, por lo que hice como él, agaché la cabeza, la metí entre mis piernas y así, en esa posición fetal, pasé un rato con él. Ninguno de los dos habló, pero no hizo falta, sentí su cariño sin cruzar siquiera una mirada con él, sentí su dolor, su soledad, su fuerza interior. Después de un buen rato a su lado, me levanté, me despedí de él y le dije: "Ha sido un placer conocerte, ¿Te importa si vuelvo mañana?" Levantó la vista y encogió los hombros, para mi sorpresa, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, como si el comienzo de una amistad se acabara de encender. Fueron varios días los que pasamos juntos, cruzando pensamientos sin cruzar una sola palabra, solo alguna mirada fugaz muy de vez en cuando, incluso alguna pequeña sonrisa furtiva o un gesto de tristeza de vez en cuando. El primer día que me habló sin que yo le dijera nada me sorprendió tanto que casi se me escapa una lágrima, y eso que lo único que me dijo fue, con una sonrisa burlona: "Hoy llegas tarde". Aquella fue la primera vez que me hizo reír de verdad, la primera vez que sentí que teníamos algo especial, que por fin habíamos conectado como verdaderos amigos. Es más, como hermanos, como si nos conociéramos de toda la vida, de hecho, yo iba pensando en hacer alguna broma sobre mi retraso aquel día y parece que me leyera la mente. A partir de aquel día hablamos bastante más, no voy a decir que nos contáramos nuestras vidas, porque extrañamente ninguno de los dos teníamos curiosidad por saber del otro. Como he dicho antes, parecía que nos conociéramos de toda la vida, por lo que no teníamos nada que contarnos el uno del otro. Es más, un día me di cuenta que nos conocíamos, que nos conocíamos mucho más de lo que yo pensaba, por eso nunca hablábamos uno del otro, ni de nosotros mismos, por eso, después de tantos ratos juntos y tantos buenos momentos compartidos nunca nos habíamos preguntado ni siquiera nuestros nombres. El motivo era que no hacía falta, que ya lo sabíamos, aunque ninguno de los dos se había dado cuenta. Bueno, creo que él lo supo antes que yo, pero su timidez o simplemente su manera de ser le hizo dejar que fuera yo quien descubriera el porqué de nuestro encuentro, que no fue casual. Al fin me di cuenta de quien era él, al fin me di cuenta de quien era yo... Lo encontré, al fin lo encontré. Todos tenemos un niño interior, pero a veces estamos tan ciegos que no somos capaces de verlo ni teniéndolo delante. A mi me costó mucho tiempo darme cuenta de donde estaba, pero al final, después de muchos sueños y mucha paciencia, allí estaba, en su rincón oscuro, acurrucado, solo, triste... Ahora, sale bastante más, aún me siento alguna noche a su lado, entre sueños, a disfrutar de un rato de soledad, aunque ya hay mucha más confianza. Le abrazo si le veo triste, le limpio su llanto cuando necesita desahogarse, me río con él cuando juega, juego con él cuando me llama y, sobre todo, le dejo salir siempre que quiere, porque me encanta verle salir, jugar, disfrutar y reír. Cuando cae la noche, vuelve a su rincón, aunque ahora no es un rincón solitario y oscuro, tiene su tele, si la quiere, sus juegos, su luz y sobre todo, un gran amigo que le escucha, le entiende y le quiere como se merece.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Agapornis papilleros




Cosas de la vida, un día va uno paseando tranquilamente por la calle y se encuentra un cartelito colgado de una farola en que le ofrecen "bonitos agapornis papilleros", ideales como mascota y mira por donde le da a uno por pensar (y es que cuando uno se aburre y tiene tiempo... malo malo). El caso es que me hizo gracia, mejor dicho, nos hizo gracia, porque iba acompañado de otra "pájara" de cuidado y nos hemos pasado el día entre bromas y chorradas a cuenta de algo tan simple como el nombre de los pajaritos, que nos ha parecido de lo más curioso, que si podíamos comprar la parejita y llamarlos Nacho y Lucía (por Vidal y Lapiedra), que si ponga un agaporni en su vida, etc... Pero lo mejor de todo es que, tras un día como otro cualquiera me he acostado y, como muchas otras noches, no podía dormir y he hecho un pequeño balance del día y no se me ocurre otra forma de definirlo que "perfecto". He aclarado un malentendido tonto con una gran amiga y creo que le he vuelto a sacar una sonrisa, eso ya me parece más que suficiente para alegrarme el día, he cotilleado un poco con otra buena amiga y me ha contado que todo le va más o menos bien, mis espectativas laborales parece que van cambiando... Al menos me llaman de vez en cuando, aunque sea para decir que no... Ya es algo... Y puede que pronto alguno diga que sí, lo cual es muy esperanzador. Me he reído como hacía tiempo que no me reía (sobre todo gracias a la "pájara" que mencionaba antes) y, sobre todo, me he dado cuenta de que me encuentro en un gran momento, féliz, contento, esperanzado y, aquí vienen lo mejor de todo, muy bien acompañado, así que aquí os dejo, os mando un abrazo, un besote de madera y me vuelvo a la camita, que me están esperando y, aunque no pueda dormir, no hay nada como acabar el día abrazado a alguien con quien encajas perfectamente... Por cierto, si alguien está pensando en regalarme un agaporni por mi cumpleaños, os diré que por muy bonitos que me parezcan, no me gusta tener pájaros, no hacen más que cagarse por todas partes y dar el coñazo desde que se despiertan... Donde esté un perrito que se quite un agaporni...

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El elixir de la eterna juventud


Como un explorador en la selva, como un paracaidista novato, como un torero en mitad del ruedo; todos buscamos algo en la vida: emociones fuertes, o una vida tranquila sin sobresaltos, depende de cada uno y su manera de ser. En mi caso, yo buscaba el elixir de la eterna juventud, ese que la humanidad ha anhelado desde hace siglos, pero yo, a diferencia de mis antepasados no lo buscaba para vivir eternamente, mi sueño era otro, mi sueño era volver atrás y disfrutar de cosas que ya casi he olvidado a pesar de haberlas vivido ya.
Por supuesto, no voy a revelar donde lo encontré, y no solo porque sería desilusionante para algunos y demasiado simple de conseguir para otros, pero el caso es que lo conseguí. Una sola gota de aquel elixir era suficiente para volver un año atrás, para recuperar un año de juventud, yo lo encontré cuando tenía poco más de 40, por lo que empecé a pensar en qué punto de mi juventud me gustaría estar... 35? 25? 20?...
Aquello me planteó un gran problema moral ya que yo no quería volver demasiado atrás, tenía muy clara la idea de que no quería hacer negocio con aquello tampoco, mi idea era clara (hasta entonces), vuelve a ser joven una vez más, estudia, aprende, aprovecha esta oportunidad que te brinda la vida para ser alguien, para volver a hacer todo aquello que en su día no pudiste o no tuviste valor para hacer, y luego, recupera tu vida normal, sigue tu camino y no cometas los mismos errores que cometiste en el pasado.
Lo malo es que, en el fondo, el ser humano nunca tiene nada tan claro, o al menos éste que escribe, y mil y una ideas se me empezaron a pasar por la cabeza, había mil y una cosas que podría volver a hacer con menos años, empecé a añorar aquellas juergas universitarias, aquellas salidas nocturnas hasta las tantas que hacía tiempo no hacía, los viajes con mochila y sin un pavo... La locura juvenil, resumiendo.
Me pasé noches y noches sin dormir pensando si debía hacerlo, si debía probar aquel elixir y volver atrás. ¿Sería capaz de dominarme o me vencería mi ansia de poder que me ofrecía aquel elixir? La eterna juventud... La vida eterna...
Pues bien, la respuesta es fácil, después de mucho deliberar tiré el contenido de aquella botella al retrete y tiré de la cadena, lo hice rápido para no darme tiempo a pensarlo más, y decidí no volver nunca al lugar donde la conseguí. ¿Que por qué? Pues creo que está claro, he cometido muchos errores en mi vida, he hecho muchas cosas de las que me arrepiento, pero ha sido mi vida y hay cosas de las que me siento orgulloso: He conocido amigos/as de verdad, he conocido el amor, he visto mundo y lo poco que tengo me lo he ganado trabajando duro. ¿Volver atrás? Sí, tengo que reconocer que sería bonito, pero nunca me ha gustado jugar haciendo trampas y si la vida me ha dado estas cartas, pues tendré que jugar con ellas lo mejor que pueda.
Al menos me queda el orgullo de saber que conseguí lo que nadie pudo, el maldito elixir...


martes, 3 de noviembre de 2009

El arbol de la vida


Llevaba años intentando pintar el cuadro de mi vida, aquel que me daría por fin el reconocimiento del público, aunque no lo hacía por eso, lo hacía porque me lo pedía el cuerpo y mi mente, hacía mucho tiempo que soñaba con aquel cuadro, el cuadro perfecto, un árbol vivo, tan vivo como un árbol en llamas, rojo y vivo como el fuego. Pero cada vez que lo intentaba algo salía mal, o bien el color no era lo bastante vivo, o el árbol no estaba lo bastante vivo... Siempre faltaba algo... Cada vez que lo intentaba había algo que no me acababa de convencer, por lo que acababa quemando el boceto del cuadro en mi estudio y mirando la belleza del fuego durante horas, preguntándome que era lo que había fallado aquella vez, hasta que un día lo vi, lo vi claramente, el árbol, el fuego, el rojo, la sangre... Eso era lo que faltaba para que mi cuadro estuviera vivo, el color perfecto, el color sangre sería el perfecto, más concretamente el de mi sangre, el de mi vida; era mi cuadro, mi fuego, mi vida, mi sangre... Me corté las venas de mi muñeca izquierda y mi sangre comenzó a caer sobre mi paleta, con ella empecé a mojar mi pincel y con él a pintar mi cuadro, mi árbol. El trabajo que comenzó a intuirse en mi lienzo era espectacular, exactamente lo que buscaba, un árbol vivo en tonos rojos más o menos intensos según su movimiento en su ramaje, algo completamente impresionante, cuanto más pintaba, más y más me involucraba en el proyecto, más y más sangre necesitaba, por lo que mis cortes en la muñeca izquierda, aunque tapados con vendas blancas, de vez en cuando se volvían a descubrir para darle algo más de color a mi paleta de colores. Solo con el rojo de mi sangre , el cuadro iba tomando más y más vida, era exactamente como lo había imaginado, solo necesitaba más y más rojo para darle más intensidad a algunas partes que lo requerían, por lo que necesitaba más y más sangre para darle ese tono rojo vivo que estaba en mi cabeza. Al fin conseguí exactamente lo que quería, mi árbol vivo, mi árbol rojo en llamas, pero a la hora de firmar el cuadro, mi cabeza empezó a irse, a meterse más y más en aquel cuadro y a perder conciencia de la realidad. El perder tanta sangre empezaba a afectarme, empecé a sentir un mareo que, mezclado con el placer de contemplar mi obra, me llevó a una especie de éxtasis que no acababa de comprender. Por un lado parecía que me mareaba por la pérdida de sangre, por otro, parecía una especie de orgasmo acompañado de una sensación de orgullo y tranquilidad que me invadía mientras miraba mi cuadro. Así me encontraron, muerto ante mi obra con una sonrisa de felicidad que hacía pensar que seguramente la droga habría sido la causa de mi muerte, por lo que tampoco se investigó demasiado mi muerte, al menos hasta que se dieron cuenta que mi cuadro, mi último cuadro, estaba hecho con mi propia sangre, eso fue la pista que finalmente incitó a la policía a investigar mi muerte, a mí a descansar tranquilamente en mi cama de agua (mis cenizas en el Mediterráneo) y a mi familia y amigos a entenderme un poco más...

viernes, 30 de octubre de 2009

Siempre puede ser peor... o no...



Esto no es un escrito, es una simple recomendación. Me encanta tomarme la vida a cachondeo, creo que es la mejor manera luchar contra la monotonía, el aburrimiento, la depresión o lo que sea que te quite una sonrisa de la cara. Por eso, porque me encanta tener una sonrisa en la cara y verme rodeado de ellas, os dejo esta perla de página de internet donde la gente se rie de sus miserias... Toda una joya.
Relájate, olvídate de todo y piensa en lo afortunado/a que eres después de leer lo que pasa por ahí, las historias del día a día pinchando aquí.

El retorno del gladiador


Lusidio volvió a la arena, desafiando así al emperador y éste, sorprendido por la actitud de aquel bravo guerrero le mandó llamar en privado tras ver su última batalla y le preguntó: Te ofrecí la libertad, ¿Por qué has vuelto a la arena? A lo que Lusidio respondió: Si vuelvo a Helmántica, y dad por seguro que no deseo ir a ningún otro lugar, volveré a rebelarme contra vuestro gobernador, ya que lo considero indigno de su cargo e injusto con mi pueblo, por eso vuelvo a la arena y por eso seguiré volviendo día tras día hasta que muera o escucheis mi mensaje. La constancia de Lusidio finalmente dio su fruto, pudo volver a su tierra y lo hizo con honores, acompañado por el flamante nuevo gobernador de Helmántica, elegido por el emperador en persona con Lupidio como consegero. El puesto de Lupidio en la arena fué ocupado por el antigüo gobernador, aquel que se había enriquecido a costa de las arcas del imperio. Desfortunadamente, él no tuvo tanta suerte como Lupidio, no logró superar su primer día en la arena. Lusidio vivió muchos años, nunca volvió a pelear, pero sus cicatrices le recordaron tanto a él como a los suyos todos y cada uno de los días de su vidaque a veces es mejor luchar hasta la muerte por la libertad que conformarse con vivir con lo que te ofrecen...

Naúfrago


Mi nombre es Roberto, soy naufrago, vivo solo desde hace años en mi pequeña isla desierta, bueno, no exactamente... Me explico: En realidad (aunque la realidad es algo bastante relativo...), soy escritor, vivo en una pequeña casa cueva a las afueras de Guadix, al norte de Granada, en una zona bastante apartada donde, por propia voluntad, paso la mayoría de mi tiempo. Mi única compañía es un pequeño perro al que adoro y con el que no paro de hablar, él es el primero en conocer mis escritos (quiera o no...), y la verdad es que tengo que agradecerle su paciencia, hasta le he enseñado a asentir con la cabeza si le pregunto si está bien. Hay otros dos amigos en mi vida de naufrago; por cierto, a veces me dejo el pelo y la barba bastante largos y desaliñados como si fuera el mismísimo Robinson Crusoe y no me importa vestir ropas viejas y hasta rotas. Mis otros dos amigos de los que hablaba son un tanto peculiares; el primero es un viejo teléfono móvil al que solo respondo cuando la palabra Editor aparece en la pantalla, ya que eso quiere decir dos cosas, o bien me han hecho un ingreso en el banco y pronto me llegará un sobre con algo de dinero (haya o no gustado mi libro o artículo, eso me da igual), o bien me he pasado demasiado tiempo sin enviarle nada y me llama para echarme la bronca y ponerme las pilas (eso quiere decir que me faltará dinero pronto). Mi otro amigo tiene que ver con esos sobres de dinero que me envía mi editor, le pido que lo haga así ya que no me gusta ir al banco, prefiero hacer mis compras por internet, me las traen a casa, pago por el banco y no tengo ni que hablar con nadie, pero por otro lado, siempre me gusta tener algo de dinero suelto para visitar a mi único amigo humano, al único con el que tengo algo de contacto y al único que hablo, aunque a él parece no gustarle mucho... Me refiero a mi amigo Viernes, el indígena de mi isla (no hace falta que explique el por qué ¿verdad?). Él insiste en que se llama Juan y se enfada muchísimo cada vez que le llamo viernes, bueno, cada vez menos, creo que ya me da por imposible y me aguanta pensando que estoy loco perdido (y lo peor es que tiene bastante razón). El caso es que Viernes trabaja en una gasolinera 24 horas y cada Jueves por la noche me paso a verle para comprar un par de bocadillos, un poco de vino y, como no, a darle un poco de conversación... Normalmente , como he dicho antes, pasa de mí, o bien me sigue el juego o ni me habla esperando que me aburra y me vaya, otras veces (ya las menos) le pillo con mal día y me manda a tomar por culo chillándome que está harto del puto loco todos los Jueves... Si tiene buen día, simplemente hablo con él, aunque no me responda, le cuento siempre lo mismo: El día que naufragué, como llegué hasta esta playa, como le conocí... Le enseño palabras como galleta, leche, etc (mostrándole ejemplos de cada una, claro), eso le pone de los nervios... Y le explico que le llamé Viernes porque, aunque le encontré un Jueves, me recuerda al amigo de Robinson Crusoe... El día que está cansado, me echa directamente, a lo que siempre respondo a voces: He visto la luz, solo yo conozco el camino, dame un brick de Don Simón, que quiero hartarme de vino hasta acabar en mi ataúd. ¿Que por qué lo hago?... Yo que sé... Solo se que me encanta... El día que "Juan Viernes" tiene buen día hablamos un poco de todo, después, por supuesto, de mis estúpidas y pesadas bromas de aprendizaje del idioma. En realidad me cae bastante bien, es un tipo sencillo pero inteligente con el que puedo hablar de todo y, aunque no lo sabe, es fuente de inspiración para muchos de mis artículos, ya que es mi foco de contacto con el mundo y me pone un poco al día de todo lo que pasa. A veces me pregunta el porqué de mi encierro, o mi destierro voluntario, como queráis llamarlo, y la verdad es que siempre escapo a la respuesta porque, en realidad no quiero recordarla, creo que mi vida naufragó en algún momento por motivos que no puedo recordar, pero recuerdo que no estaba solo, que echo de menos a mi tripulación, pero que me siento seguro en mi isla, con mi perro y mi amigo Viernes. Algún día construiré una balsa y saldré de aquí, pero de momento me quedo aquí, bajo mi palmera que me protege del sol y los recuerdos.

martes, 27 de octubre de 2009

El juego de la vida



Sombras en la noche,
murmullos en la oscuridad.
Todos tememos algo,
todos lo esperamos con ansia.

Susurros al oído,
palabras de amor y caricias.
Todos ansiamos algo,
todos lo tememos.

Abrazos de pasión,
amores furtivos.
Todos buscamos algo,
todos lo ocultamos.

Miradas cruzadas con odio,
rencores escondidos.
Todos ocultamos algo,
todos lo escondemos.

Escritos con sentimiento,
pensamientos en alto o en letras.
Todos tenemos algo que decir,
Todos lo sacamos por algún lado.

Amigos de ida y vuelta,
almas descarriadas buscando reposo.
Todos tenemos decepciones,
todos tratamos de superarlas.

Dulces y malos momentos,
lágrimas y sonrisas entrelazadas en el tiempo.
Todos pasamos por caminos de rosas y espinas,
todos seguimos andando.

Momentos duros y deliciosos,
peleas con sangre y sudor.
Todos luchamos y amamos,
todos seguimos aprendiendo...

Momentos de amor y de guerra,
camas hechas y desechas.
Todos nos enamoramos y desenamoramos,
todos lo seguimos disfrutando...

domingo, 25 de octubre de 2009

Regreso al hogar



Mi nombre es Lusidio, viví en mi ciudad de nacimiento, mi amada Helmántica, hasta que fui detenido y acusado de traición por mi oposición abierta a la política del gobernador elegido por Roma para dirigir esta región con mano de hierro. Por esa simple discrepancia fui detenido y llevado hasta Roma en un carruaje de esclavos, encadenado y humillado, despojado de todas mis posesiones y con un destino bastante incierto.
Mi llegada a Roma fue bastante traumática, ya que la incertidumbre de mi castigo, el desprestigio de mi nombre y el trato como a un traidor a mi llegada a la ciudad ya fue bastante castigo para mí. Fui presentado ante las autoridades como un enemigo del imperio, como una amenaza para la estabilidad de mi ciudad, por lo que fui castigado a luchar por mi vida en el circo romano contra otros parias como yo, condenados también por otros motivos tan injustos como el mio propio.
Nunca fui un guerrero, aunque supe defenderme cuando tuve que hacerlo, por lo que fui bastante inseguro al circo, pensando que mi paso por la arena sería bastante fugaz y mi sangre se derramaría por ella rapidamente, no me imaginaba luchando por mi vida y menos aún para diversión del pueblo romano.
Sin tiempo apenas para pensar y descansar, entré en el circo romano y encerrado en una celda junto con otros "compañeros" de aventura. Nos despojaron de nuestras ropas y nos entregaron una pequeña túnica para que nos cubriéramos, de ahí fuimos llevados a una sala donde los "perdedores" del expectáculo anterior yacían ensangrentados, algunos de ellos desmembrados e irreconocibles. Fuimos obligados a elegir armas y armadura que arrancamos directamente de los fríos cuerpos de los muertos y nos vestimos para la función.
Saltamos a la arena entre vítores y aplausos; algunos lloraban, otros (como yo) temblaban de miedo, incluso alguno de ellos se hizo sus necesidades encima o fue incapaz de de andar ante su temblor de piernas, por lo que fue aniquilado directamente antes de salir ante el público.
De repente, me encontré en mitad de la arena, muerto de miedo, temblando y sin un enemigo claro, unos 10 luchadores estábamos en la arena, mirándonos unos a otros sabiendo que solo uno saldría de allí con vida y, aun así, su futuro seguiría siendo incierto.
Entonces dieron la señal, todos nos estremecimos y un gran luchador de color abrió el juego destrozando el hombro de otro luchador con una gran maza, sus gritos de dolor nos hicieron reaccionar a todos y vi como un pequeño luchador con barba venía hacia a mi con una lanza, por lo que realicé una acción evasiva y cuando falló su golpe me abalancé hacia él blandiendo mi espada y lanzando un ataque que resultó mortal para mi pequeño adversario; mi cara se salpicó de sangre, miré mis manos y miré a mi alrededor. Levanté mis manos y grité, grité con todas mis fuerzas, tan fuerte que los otros luchadores miraron hacia mi preguntándose que pasaba, entonces corrí hacia ellos y empecé una orgía de sangre y destrucción sin pensar siquiera lo que estaba haciendo, algo en mi interior creció y me hizo más y más fuerte, perdí mi miedo a la muerte y me centré en hacer lo que tenía que hacer: "Sobrevivir".
Una vez acabé con todos mis contrincantes me dirigí hacia el palco y, negando mi saludo al representante del emperador que ocupaba el trono, tiré mis armas al suelo y grité: SOY INOCENTE.
Por supuesto, este gesto no gustó a nadie, por lo que fui encerrado en los calabozos de la arena para repetir espectáculo al dia siguiente, eso si, 20 latigazos fueron mi único "premio" por mi gesta, mi victoria y rebeldía posterior.
Al dia siguiente, volví a repetir mis pasos: Elegir una armadura, un arma y un escudo, y paseo triunfal hacia la arena. Solo que esta vez ya iba preparado, los latigazos en mi espalda me recordaban que yo no estaba allí para defenderme de mis injusto castigo, nadie escucharía mi defensa, solo era un animal entrenado para animar al gran público. Por segunda vez, la furia se apoderó de mi y volví a ser el único luchador que acabó de pie en la arena. Volví al palco y volví a repetir mi gesto del día anterior, lancé mis armas a la arena y grité mi inocencia, añadiendo esta vez un insulto a la ley romana por mi injusto castigo.
Otros 20 latigazos calmaron mi furia antes de volver a mi frío calabozo, otra noche en un frío suelo de piedra y otro día comenzaba con las mismas expectativas del anterior.
Por las marcas en mi espalda, llevaba ya más de 8 días repitiendo la misma rutina una y otra vez, era difícil prestarle atención al tiempo cuando estabas tan ocupado tratando de salvar tu vida cada día y tratando de olvidar el dolor de los latigazos y las heridas de la lucha cada noche, llegó un momento en el que todo daba igual, no había un nuevo día, si no que se alargaba el anterior, o se repetía, no lo se muy bien. El caso es que aquel día el emperador en persona había ido a ver al fenómeno del momento, aquel luchador hispano que había sido capaz de sobrevivir más que nadie y, lo que es peor, había sido capaz de desafiar a la muerte desafiando al imperio romano poniendo en duda su justicia. Aquella tarde luché con más bravura aún que los días anteriores, no solo maté a mis "enemigos" si no que puse hincapié en hacer el mayor daño posible, en hacer sufrir y sangrar a mis contrincantes para darles exactamente lo que querían ver. Al acabar el espectáculo, volví a dirigirme al palco, pero esta vez, antes de que pudiera hacer mi reivindicación, la guardia del emperador me rodeó y me obligó a arrodillarme ante él. El emperador se levantó y se dirigió a mi para concederme un deseo, eso sí, debería luchar una vez más, una última tarde de sangre para ganar mi libertad y volver a mi tierra, ese sería mi premio, volver a mi vida anterior y recuperar mis posesiones.
Aquella noche no pude dormir, no hice más que pensar en que me esperaría en la arena al día siguiente, aún así, me sentía preparado, habían sido tantas tardes de lucha que me sentía fuerte para superar cualquier reto. Me levanté aquella mañana, comí lo mejor que pude e intenté no pensar demasiado en lo que me esperaba aquella tarde. Volví al cuarto de los cadáveres, escogí mi armadura y mi armamento y salté a la arena confiado en mi victoria. Aquella tarde era especial, muy especial, no lucharía contra otros gladiadores, si no contra soldados profesionales de la mismísima guardia del emperador, 6 hombres bien armados y organizados, acostumbrados a la lucha, serían mi prueba para ganarme mi libertad. Volví a sentir miedo, como la primera vez, pero pronto lo perdí, en cuanto vi que ellos sangraban igual que los demás. Una vez que maté al primero volví a sentirme invencible, como cada tarde, tanto que tiré mi escudo y me armé con una segunda espada que arrebaté al primer caído, lancé mi grito de guerra y corrí hacia ellos, que desorientados y sorprendidos por mi ataque perdieron a otro de sus compañeros.
Uno tras uno, los 6 guardias reales cayeron a la arena y derramaron su sangre, como todos los demás; levanté mis espadas al cielo y grité. La gente se volvía loca, aplaudían como locos y gritaban como yo. El emperador en persona se había puesto en pié para aplaudir y me pedía que me acercara al palco. Y eso fue lo que hice, me acerqué al palco, me arrodillé para escuchar al emperador y éste me dijo que, como prometió, era libre de volver a mi tierra, a mi casa, con mi familia. Me puse en pie y le pregunté que qué pasaba con mi honor, con mi nombre manchado con la sombra de la traición. Extrañado por mi petición y con un notable enfado me gritó que no tentara a la suerte, a lo que respondía tirando mis armas al suelo, maldiciendo la ley romana y gritando: Mañana volveré a la arena...

miércoles, 14 de octubre de 2009

Escalando la montaña


Pasaba casi todas las semanas por aquel paraje, me encanta escaparme al campo siempre que puedo y esa pared vertical me tenía casi obsesionado. Nunca he hecho escalada, al menos a nivel profesional, por lo que nunca había visto la montaña de aquella manera, pero aquel día, sin saber muy bien por qué, me planté delante de aquella pared de unos 20 metros de altura, solté mi mochila y me dije: ¿Por qué no?
Sin ninguna seguridad, sin ninguna idea de escalada y sin saber muy bien por qué lo hacía, empecé a trepar por aquella pared con entusiasmo, como si me fuera la vida en ello. Vamos, que me lo tomé como si fuera una cuestión de vida o muerte, o al menos de superación personal.
Empecé tan entusiasmado que los primeros metros fueron bastante fáciles, aunque poco a poco empecé a darme cuenta que no era tan fácil como me había imaginado en un primer momento. Para empezar, empezaba a asustarme cada vez que miraba hacia el suelo, mis manos empezaban a doler por el esfuerzo de aferrarme a pequeñas grietas en la pared. También me di cuenta que mi calzado no era el mas adecuado para aquella aventura, pero bueno, que le iba a hacer, ya se me había metido en la cabeza subir aquella pared y no quería echarme atrás, además, casi era más difícil volver a bajar que seguir subiendo, aunque hubo bastantes momentos en los que me planteé seriamente dejarme caer o intentar como fuera porque empezaba a sufrir en todos mis músculos el esfuerzo de aquella aventura que cada vez me parecía más una tontería y me hacía plantearme seriamente mi salud mental... Vamos, que me sentía como un gilipollas por haberme metido en semejante lío. Pero cuanto más cerca veía la cumbre, más dulce me parecía aquel dolor que recorría todo mi cuerpo. Estando a medio camino tuve que detenerme unos minutos, aprovechando un saliente que me permitió apoyar mi cuerpo sobre mis pies con comodidad. Durante esos minutos que pasé apoyado en la pared descansando pensé en muchas cosas que no venían a cuento, pero claro, ¿En qué puede pensar uno cuando se ha subido, sin venir a cuento, a escalar una pared perdida en mitad del campo? Pues la verdad es que allí, con aquella maravillosa vista del valle a unos 10 metros de altura, el miedo te hace sentir un cosquilleo en el estómago por que te estás exponiendo a un riesgo innecesario, pero por otro lado, el estar allí subido sin más razón que demostrarte a ti mismo que lo puedes hacer también te da una sensación de poder y de seguridad en ti mismo que te puede ayudar a superar retos que en tu vida te habías siquiera planteado.
Por cierto, subí el resto de la pared (con dificultad, pero la subí) y al llegar arriba me sentí como si hubiera conquistado el mundo, aunque solo había subido una pequeña pared que, para cualquier iniciado en escalada, sería muy fácil, pero para alguien como yo que no lo había hecho nunca, fue algo para recordar. Durante 15 minutos estuve allí sentado, en lo alto de aquella pared, mirando el valle y sintiéndome como un gran héroe que hubiera conseguido un reto inigualable, aunque después de mis 15 minutos de gloria aparte de sentirme feliz y cansado, también me sentí un poco como un imbécil porque, entre otras cosas, abajo, en el valle, vi mi mochila tirada, esperando allí a que volviera a recogerla, pero, por supuesto, no iba a bajar otra vez por aquella pared, tendría que dar un gran rodeo para volver a por ella, perder un tiempo precioso dando la vuelta a la montaña y esperar que si algún alma caritativa pasaba por allí antes que yo no se la echara a la espalda...
Pues eso, que es muy fácil pasar de sentirse un héroe a un bobo en un solo segundo, pero, por otro lado, también se puede hacer al contrario...
Con pensar un poquito antes de hacer las cosas...

lunes, 12 de octubre de 2009

El colmo de la superación


Hace poco conocí a una de esas personas que te dejan el corazón en un puño, ciega y sordomuda, no solo se negaba a pedir ayuda si no que seguía viviendo sola, en una gran casa heredada de su madre y ella sola se valía para todo, le bastaba con seguir ciertas normas de aprendizaje que estudiaba en otra ciudad a unos 50 kilómetros de su casa donde, por supuesto, se desplazaba ella sola en autobús una vez por semana, además aprovecha las tardes para ir al gimnasio ya que también tiene problemas musculares y necesita ejercitarse bastante.
Sí, los que conozcais mi blog sabreis que las historias que escribo son irreales en su mayoría, aunque siempren lleven parte de mi, inevitablemente. Pero en esta ocasión, esta es una historia real, sobre una persona real. Una persona que es capaz de luchar contra todo lo que se cruza en su vida y saltárselo (con más o menos esfuerzo) para seguir adelante. No voy a entrar en otros detalles de su vida, porque aparte de conocerlos solo de oidas y no tenerlos contrastados, tampoco vienen al caso, bastante duro ya es perder sentidos como el oido, la vista y la capacidad de hablar. Si a todo eso sumamos que por esos detalles en los que no voy a entrar, esta chica (de unos 35 años) se ha visto obligada a luchar sola desde hace años, ya no solo estamos hablando de una luchadora, si no de una mujer casi sobrenatural, capaz de enfrentarse a la vida, plantarle cara descaradamente y vencerla por K.O, porque no solo he visto a una mujer con ganas de vivir y seguir luchando, si no que me he encontrado al mirarle a la cara a una de las sonrisas más dulces y puras que he visto nunca, el simple hecho de visitar a una amiga ya le ha iluminado la cara, y su expresión al tocar a un bebé con sus manos es algo que nunca olvidaré, esa sonrisa burlona, cómplice, tan inocente como la del niño que recibía su caricia.
He visto la esencia de la vida en unos segundos, un enano de 3 meses sorprendido ante una desconocida y una desconocida, ciega y sordomuda, sorprendida ante el suave tacto de un enano de 3 meses. Él, inocente, acabó llorando (hay que decir en su defensa que estaba cansado porque le jodimos la siesta), pero ella, no menos inocente, iluminó la casa con su sonrisa y no pudo impedir que su boca soltara una casi-carcajada de felicidad y sorpresa. Tardaré tiempo en borrarme esa imagen de mi mente porque, ciertamente, es de lo más bonito que he vivido nunca. No he tenido ocasión de hablar con ella, ya que no es fácil seguir el ritmo de su tablilla adaptada al braile (o como se escriba...), pero he quedado tan impresionado por su fuerza y su coraje encerrados en un cuerpo aparentemente tan frágil e inocente, que me he echado una mirada por dentro y no he podido evitar reirme de todos esos problemas que tanto me agobian y que, al fin y al cabo, se pueden superar luchando, solamente, con unas gotas de alegría, esfuerzo y ganas de vivir.
A veces, hay que mirar al dolor a los ojos para enfrentarte a tus monstruos, pero si te fijas bien, siempre hay un amigo en el camino dispuesto a prestarte unas buenas gafas para que veas que ni existen monstruos invencibles, ni las cosas son tan malas como las ves. He conocido a una chica con problemas... Con muchos problemas, y he visto en ella a un ejemplo de superación y felicidad. Me he quedado con ganas de abrazarla y darle un buen par de besos, pero he pensado que podría interpretarlo como un símbolo de pena y compasión, cuándo en realidad, lo que quería expresarle era admiración y agradecimiento, por lo que, al final, he optado por no decir nada, dejarle seguir su camino y quedarme solamente con su recuerdo, bien guardado, como un cromo de la suerte que pienso utilizar cuando las cosas me vengan grandes.
Gracias por tu ejemplo, se que no leerás esto, ni creo que te lo comenten, pero me ha encantado conocerte.